sábado 15 de noviembre de 2008

Cuarenta años después

Hace unos días comentaba en el foro de mi amigo Carlos González Triviño (Socialismo online), que las nuevas movilizaciones estudiantiles, tanto de enseñanzas medias como, sobre todo, universitarias, podían estar recordando aquel famoso mayo del 68, que también estuvo inmerso en una crisis de identidad de occidente. Salvando las distancias, y casi reconociendo el fiasco de aquellos movimientos que vinieron a desembocar en el actual estado de cosas, algunos comienzan a ver en la actualidad un remedo de lo que sucedió aquellos años. Para que vean que no soy el único y que hay algo que se mueve en nustras universidades. Por cierto, hay que decir con orgullo que todo esto se ha fraguado en la facultad de Filosofía de Valencia; desde ahí se ha extendido a toda España. En los próximos días procuraré acercarme a sus movimientos y reivindicaciones. Por lo demás, lean, lean:
Perplejidad
"Viviremos otros mayos del 68"
Un mes durmiendo en la universidad

miércoles 13 de febrero de 2008

No es país para viejos.

"El mal sin razón que ha emergido a finales del siglo XX es imparable; los viejos valores han muerto y nadie, salvo el azar puede nada contra él. Nos caza y extermina a su voluntad y lo único que podemos hacer es apartarnos a un lado y rezar porque deje pasar nuestros días sin encontrarlo de frente”
Dr. Diablo en el blog de cine "Las horas perdidas"

Esta frase resume grandiosamente la que hasta el momento me parece la mejor película del año, que curiosamente comparte protagonistas (Josh Brolin y Tommy Lee Jones) con la también excelente "En el valle de Elah".
"No es país para viejos" es un magnífico ejercicio de estilo en el que los hermanos Coen juegan con el espectador poco avisado hasta desconcertarlo. Con un final tan abierto como realista, con una resolución tan absurda como la vida misma, esta película transcurre durante dos horas de vertiginosa calma en la que los acontecimientos se anticipan al discurrir de la trama, dejando la linealidad al uso atrabillada, descompuesta. No es extraño que no satisfaga a todos, pero aquellos a los que les guste arriesgar el bienestar de una historia autoconclusa por unas semanas de reflexión intensa, recurrente y aterradora, disfrutarán mucho con este post-western, como lo ha definido algún crítico, que ha sabido regalarnos además a uno de los mejores villanos de los últimos tiempos: Un inconmensurable Bardem que no necesita hacer mucho uso de su perfecto inglés (creo NECESARIO verla en versión original) para infundir el temor irracional de toda víctima ante su depredador.
Impecable en la factura (una fotografía que reseca los labios, que te hace sentir sed), en la interpretación y en la recreación de los personajes (esos rednecks tejanos que pueblan las pesadillas de los Coen), "No es país para viejos" es además, y paradójicamente, una historia circular; no puede entenderse sin el monólogo introductorio y sin la conversación final. En todo lo demás es, simplemente, un infinito juego de azares.

viernes 1 de febrero de 2008

Libertad con ira (y III)

He de confesar que todas las entradas anteriores tenían como objetivo llegar a ésta.
Hemos asistido, desde hace un par de años, a un linchamiento de ciertos profesionales de la medicina tan dantesco, tan desvergonzado, que a pesar de tener un desenlace feliz no puede sino considerarse un fracaso descomunal de la Sociedad civil y el Estado del bienestar que los ultraliberales quieren acabar demoliendo. En este sentido su tardía derrota no ha sido sino un levemente amargo colofón a una triunfo prolongado en el tiempo. ¿Qué más da que al final me alcance la muerte si he pasado una larga vida consiguiendo victorias?
Yerran, por tanto, quienes consideran que al final ha triunfado la justicia y la razón en el caso de las sedaciones de Leganés. El objetivo, desprestigiar y demoler la sanidad pública mediante el sufrimiento infligido a los ciudadanos, ha sido conseguido.
Volvemos al tan manido tema de la libertad que pregonan los ultraliberales; Ellos postulan el derecho a elegir frente a toda imposición estatal; consideran que la sanidad pública no otorga ese derecho, en la medida en que se nos asigna un médico, un hospital y un tratamiento sospechosamente igualitario para pobres y ricos. Todo esto apesta a comunismo, y no puede ser bueno.
Haciendo gala de su proverbial necesidad de ejercer la elección, los ultraconservadores no se conformarán con hacerla efectiva; procurarán además, que no haya otra posibilidad que la de elegir, condenándonos, así y como diría Sartre, a ser libres.
Para ello elaboran un plan meticuloso que consiste en una profecía autocumplida: "la sanidad pública es de baja calidad y está colapsada"
Evidentemente, haciendo uso del presupuesto (cosa en la que, como liberales que son, no creen) a lo que se dedicarán es a hacer válida esta predicción. No invertirán en sanidad pública; no contratarán nuevos profesionales; no harán nuevos hospitales, hasta que todo empiece a colapsarse. En ese momento, la percepción de la población será que la sanidad pública no funciona, y empezará a girar sus ojos a la privada.
Para no ser excesivamente llamativa la demolición, se construirán un 20% de los hospitales presupuestados (en la Comunidad Valenciana, de 15 prometidos en las sucesivas elecciones de los últimos doce años, se han hecho dos y se está a punto de concluir el tercero), pero se privatizará su gestión, de modo que las empresas afines sigan ganando dinero de todos modos.
¿Alguien puede imaginar cómo sería una sanidad pública valenciana, a la sazón la que menos invierte de todo el Estado por habitante y año junto con Madrid, con quince hospitales más y el consecuente número de profesionales que estos generaran?
Yo se lo diré: sería muy cara. Recordemos que los ultras consideran que el dinero se debe invertir, no gastar. El beneficio de los ciudadanos está muy por detrás del beneficio económico en el orden de prioridades.
Toda privatización progresiva, implica de facto la aparición de nuevos pujadores por hacerse con los trozos del pastel que se quiere privatizar; a parte de las grandes aseguradoras o mutuas ¿Adivinan quien es una de las grandes beneficiarias de la salud y el cuidado del cuerpo, pero sobre todo del alma?
Efectivamente, la Iglesia Católica.
Volvemos a las andadas. La iglesia detrás de una parte del beneficio, y también detrás de los gobiernos ultraconservadores. ¿cómo hacer que la Iglesia aparezca como la salvadora? Haciendo ver que las prácticas de la sanidad pública condenan a una muerte prematura y desconsiderada a los pobres pecadores.
Es aquí donde entra el caso Lamela/Aguirre, mal llamado caso Dr. Montes o de sedaciones de Leganés, que trataré específicamente en la siguiente entrada.
Antes que nada, habré de justificar la idea, sugerida, de porqué es tan nociva la privatización de la sanidad.
Cualquiera puede aducir y tendría razón, y estaría en su derecho, que la sanidad privada es cuestión de elección. Que la atención es personalizada, cuidadosa y en ocasiones, mucho más atenta profesionalmente.
Todo ello puede ser cierto.
Pero lo que hay que dejar claro, es que el hecho de que sea una cuestión de elección debe ser suficiente para que cada cual pague esa atención. Lo que es injusto y debería ser ilegal, es que el presupuesto público financiara esas empresas privadas. Si ese presupuesto se dedicara a financiar correctamente la sanidad pública, mejoraría la atención, el cuidado y la comodidad, con una ventaja añadida e indiscutible: en ella no se buscaría el beneficio; por lo tanto, no se ahorraría en la salud de los demás: si tú privatizas una gestión pública, lo que estás haciendo es que el privado que te atiende intente ahorrar contigo. ¿Alguien quiere eso para su salud?
El otro mal viene desde dentro; los médicos privados suelen ser los mismos que los públicos, en horarios diferentes, pero, humanamente, prefieren ganar dinero en su clínica privada antes que atenderte correctamente en la pública. ¿No hay una ley de incompatibilidad? ¿No debería haberla? En otras profesiones la hay.
Sanidad privada, sí, pero con sus propios recursos. Sanidad pública, sí, con recursos de todos.
Continuaremos mañana con la infamia.

jueves 31 de enero de 2008

Libertad con ira (II).

Hay, en lo que respecta a la entrada anterior, varias concreciones con respecto a la constante contradicción en la que incurren los nuevos liberales, que no son sino rancios conservadores.
Yo quiero ser malpensado; no voy a esconderme y considero que tales contradicciones no son sino engaños conscientes. Otra cosa es que aquellos ciudadanos de a pie que repiten los mantras de su fe política crean o no sinceramente en esas cuestiones, de lo cual no me cabe la menor duda. Al fin y al cabo no hay nada más efectivo que interiorizar una mentira para defenderla como verdad.
Una de esas lacerantes cuestiones es referida al baile de los derechos; según se trate de uno u otro asunto, los mismos derechos pasan a ser propiedad de diferentes beneficiarios; hay al menos dos casos, con sus correspondientes ramificaciones, particularmente señalados.
El primero refiere a los derechos de los padres y de los hijos, que varían miserablemente según la cuestión de la que se trate.
Por ejemplo, en lo que respecta a la educación, un padre ultracatólico defenderá siempre el derecho del PADRE a elegir la educación de su hijo; esto quiere decir, según testimonios reales escuchados por mí mismo, que es el padre el que decide en qué debe creer su hijo, y no tomará, por ello, en consideración la capacidad del mismo para elegir su credo. Esto parece obvio, en la medida en que un credo se establece en los primeros años de vida, de modo que un niño no pueda plantearse cuestiones lo suficientemente complejas o urgentes como para cuestionar la fe , y por ende, la AUTORIDAD de sus padres. Yo me pregunto si no sería más justo esperar a que el niño tuviera capacidad de elegir en una cuestión tan importante. ¿Tiene esto algo que ver con la elección de una educación general? En absoluto; esta última es herramienta de emancipación y discernimiento; la fe es cuestión de asentimiento acrítico. Sólo cuando el niño obtuviera tal herramienta, estaría en disposición de disentir con respecto a la fe. Como en todo, hay opinión para todos los gustos, pero pasemos a la contradicción.
La cuestión es que la propia educación es un derecho DEL NIÑO, pero ha de ser el padre el que la elija. Muy bien, aceptamos el criterio del padre, en la medida en que el niño aún no puede elegir, digamos que delegamos esta responsabilidad en él. Pero ahora vamos a centrarnos en otro derecho: La adopción.
Cualquiera podría pensar que la adopción es un derecho de toda pareja que no teniendo hijos, o simplemente, queriendo otorgar la posibilidad de tener un hogar a cualquier niño, decide hacer efectivo. Pero resulta que últimamente ha venido a darse la posibilidad de igualar las parejas de todo tipo en derechos, es decir, también las homosexuales; hasta Mariano Rajoy reconoce esto, diciendo que él simplemente cambiaría el nombre de de esos derechos; una pura cuestión nominal, vamos.
¿Cómo podría entonces escapar un ultraconservador a la trampa que él mismo se ha tendido, aceptando esta igualdad de derechos? ¿Está dispuesto a aceptar que los homosexuales puedan adoptar? "Naturalmente" que no.
Resulta que la adopción, dirán los ultracatólicos, es un derecho del niño, no de los padres, del mismo modo que lo es la educación; pero resulta que ahora no se delega la capacidad de elegir en los futuros padres. Ni siquiera se acepta, como sería racional, la posibilidad de que un tercero elija lo idóneo de la paternidad de la pareja (como actualmente se hace mediante un juez); lo que se postula, es que en virtud de una posible infancia, juventud o madurez desgraciadas, un niño debe tener el amor tanto paterno como materno; todo lo demás es fuente de desórdenes y desgracias. La tradición debe elegir.
Y yo me pregunto, estupideces y fundamentalismos aparte: ¿por qué no se plantearon lo mismo cuando decidieron imbuir ciertas creencias en la tierna mente de sus hijos, que son, objetivamente, fruto de muchos más complejos, temores y sinsabores que la asunción de una realidad social emergente?
¿Por qué unos derechos son del niño, otros son del padre, y otros se delegan, según convenga?
¿De qué libertad hablan?
¿Qué haría Mariano con la adopción?
Continuaremos con la salud y la vida en próximas entregas.

miércoles 30 de enero de 2008

Libertad con ira

Se dicen defensores de la Libertad, pero su concepción es tan equívoca, tan atroz y cruel, que provoca mucho más daño del que con sus eufemismos pretenden evitar.
Su concepto de Libertad, así, con mayúsculas, pretende dejar al albur de una "Ley Natural" sospechosamente teocrática todo aquello que deba de ser. Así, lo que se ha concebido debe necesariamente nacer; lo que ha de morir necesariamente, ha de dejarse morir a su tiempo; sin ayudas, sin cortapisas, según su propio acontecer natural.
Los que así discurren ignoran la más notoria de las contradicciones: Necesidad se opone a Libertad en el ámbito de la acción humana. No es extraño que se confundan, porque aunque lo que realmente pretenden es la pura libertad económica, se llaman a sí mismos liberales y con ello se creen justificados para extrapolar su ideología al resto de los quehaceres humanos, tomando la parte por el todo; creyendo poner un fundamento que no es sino un lastre.
Sin embargo, ni son verdaderos liberales, ni su libertad de mercado es tal.
Son ultraconservadores venidos a más, disfrazados con los caros ropajes del liberalismo clásico adquiridos con el dinero que sus antepasados robaron. Ahora son indistinguibles y defienden una economía parecida, pero su fortuna no proviene de aquello que dicen defender, sino de la vetusta herencia y de la rapiña de otros siglos.
No obstante, el hábito no hace al monje, y el monje lo sigue siendo aunque no vista de tal.
Su fundamentalismo "liberal" pretende hacer ver que todo intervencionismo es malo; así en lo económico, todo ha de dejarse en las manos invisibles del mercado; el Estado no puede intervenir en la economía (eso sería un atentado contra la libertad).
Quiero que alguien me explique cómo se supone que estando a merced de las fuerzas ciegas del mercado puedo ser libre.
En lo personal, toda intervención sobre la vida del individuo es mala: así, si se interviene sobre el nonato, el receptor de derechos es el feto, nunca la madre; si se interviene sobre el moribundo agonizante e inconsciente debe ser él mismo, poniendo en un momento en suspenso su propio dolor, el que se exprese sobre qué debe administrársele. Lo demás es un crimen.
Quiero que alguien me explique cómo sumiso al dolor o simplemente inconsciente puedo ser libre.
Quiero que alguien me explique cómo confrontarme a la libertad de una madre desde la defensa de la libertad de un nonato.
¿Dejar de sufrir no es una liberación? ¿o es que, como algunos dicen, el dolor purifica?
¿Obligar a una madre a defender por encima de toda consideración la futurible vida de su hijo es libertad o debo dejar una alternativa, siempre que sea razonable?
Es curioso que estos neoliberales (ahora debe entenderse el prefijo) sí busquen la concurrencia del Estado para castigar; sí para reprimir. Nunca para proteger, salvaguardar, prevenir.
Lo definitorio de esta ideología es lo siguiente: juguemos un partido de igual a igual, aunque el campo, el balón y las porterías sean nuestras. Nosotros tenemos botas, espinilleras y guantes. Vosotros tendréis vuestra libertad, como nosotros, porque para que no nos limiten, jugaremos sin árbitro. Veréis qué divertido. Aunque claro, si no respetáis las reglas, llamaré a los seguratas para que os echen.
Porque esa es otra; si es posible, que todo sea privado.
Eso, como veremos, puede conseguirse.

sábado 29 de diciembre de 2007

El arte de lo posible

El espectador atento pudo asistir ayer a la manifestación más evidente de al menos tres de las distintas tendencias políticas que se conjugan en este país, en lo que respecta a la comunicación, por parte de los líderes de las actuaciones propias.
La primera, parte de una premisa demasiado conocida por estas tierras valencianas: la negación absoluta de la realidad, y fue puesta en escena, en contra de lo que pudiera parecer, no por uno de los jerifaltes peperos de la Comunidad, sino por el lamentable presidente del Valencia CF, Juan Soler, que al fin y al cabo, está en la nómina de los anteriormente mencionados.
El irresponsable de tamaña aparición pública está también vinculado al aparato de propaganda del Partido Popular, aunque de un modo indirecto; Jesús Wollstein fue director del área de agitprop radiofónica de la Generalitat, puesto que abandonó para asesorar a alguien tan falto de imagen como el presidente del Valencia, con desiguales resultados; mejorar, lo que se dice mejorar su imagen no lo ha conseguido; pero al menos la ha empeorado (cosa que parecía imposible); el que no considere este hecho una ventaja, debe al menos reconocer que ahora el presidente del Valencia, es, como todo en esta ciudad, un referente mundial... sobre lo que nunca hay que hacer. La opción de todo buen profesional del engaño y la manipulación ante un caso tan patético consiste en construir una realidad "paralelos", es decir, negar la evidencia hasta tal punto de convencernos de que los equivocados somos nosotros, y de que todos los actos del presidente han sido torpemente interpretados por nuestras obtusas mentes; lo que directamente no se pueda reinterpretar, no existe.
El segundo caso nos hace constatar que el acto de la confesión está comenzando a hacerse presente en el imaginario político español; no podría ser de otro modo, en la medida en que todas sus actuaciones son cada vez más una cuestión de fe que de razón; los simpatizantes son ya más creyentes que fieles, aunque, paradójicamente, los líderes, antaño investidos de un halo de santidad, o de una supuesta infalibilidad papal, nunca se habían avenido a reconocer pecados más o menos veniales en lo que respectaba a su actuación política.
Zapatero dio ayer un paso valiente en este sentido; valiente, pero insuficiente, lo cual le resta gran parte de su valor.
Reconocer errores más que evidentes al menos no es negar la realidad; sin embargo el presidente se dejó en el tintero lo más enjundioso de sus traspiés políticos, que sí pueden serle atribuidos directamente: abrir un proceso de reformas estatutarias sin contar con una mayoría suficiente; no reconvertir la economía del ladrillo que supuso uno de los más lamentables lastres del PP, y que ahora le está pasando factura; no tener arrestos para enfrentarse a la Iglesia; no acometer reformas en profundidad sobre Educación; ser equívoco con respecto a ciertos impuestos, con respecto al aborto y con respecto a las insidias del PP, no reconducir la situación en Valencia, justo después de las elecciones, como sí hizo en Madrid, y un largo etcétera que los lectores sabrán recordarme.
Con todo, el Presidente ha sabido reconocer errores, lo que en cierto modo le humaniza y le aleja de ese "halo de santidad". Es el buen camino, y quizá alguno en su entorno sepa reconocerlo.
El tercer caso es mucho más refinado; o quizá cabría considerarlo "retorcido", Lo cierto es que apenas se entiende sin el segundo, en la medida en que constituye una réplica a aquel, más que a una valoración de la legislatura propiamente dicha.
La intervención de Mariano Rajoy, como siempre, falta de credibilidad y carisma, añadió igualmente un cierto reconocimiento de errores, que como era evidente, no podían atribuírsele a él mismo.
Su "halo de santidad", intacto, refulgente, es tan poderoso que le hizo comportarse inocentemente frente al torpe de Zapatero, que es quien realmente cometió los errores. Rajoy o sus asesores creen haber humanizado al político; sin embargo, no han hecho más que mostrar su incapacidad; alguien tan manifiestamente torpe como para no hacerse entender, para negociar, no puede ser presidente de todos los españoles; no puede, además, hacernos creer que va a hacerse oír en medio del gallinero de su partido. No puede, tampoco, presentarse como conciliador cuando ha sido incendiario. Podría decirse de Rajoy que la historia lo juzgaría, de no ser porque gracias al cielo, no le dará tiempo.

martes 4 de diciembre de 2007

Candil se fue a la guerra...

...qué dolor que dolor qué pena. Uno de los colaboradores del GEES, plataforma financiada por los alargados y (hasta el momento) incorruptos brazos del Partido Popular, Don Antonio J. Candil Muñoz, a la sazón militar en la consabida Reserva Espiritual de Occidente, hace la reseña de un libro del estadounidense Kingsley Browne en el que se nos advierte de la limitada capacidad militar de los miembros (hasta aquí el machismo) femeninos de las fuerzas armadas en lo que respecta a las misiones de combate; es decir, allá donde deban hacer gala de su virilidad y ardor guerrero.
Sin ánimo de ridiculizar sus posiciones, por lo demás parcamente argumentadas, y con la ambigüedad moral con la que suelo enfrentarme ante los asuntos que refieren a una institución tan lamentable y tristemente necesaria como es el Ejército, en ocasiones poblado de espíritus nobles que merecen respeto, pero en muchas otras vinculado a episodios vergonzantes indignos de calificarse de humanos, he de decir que no me parecen sorprendentes ni dignas de reprobación las conclusiones a las que el susodicho parece llegar por sí mismo o en compañía de otros. A saber, las señoras militares, por lo demás lo suficientemente capaces de desempeñar labores de intendencia o estrategia (aquellas en las que se requiere la inteligencia), son más susceptibles de, por decirlo así, desarrollar ciertas patologías psicológicas vinculadas al estress postbélico. Lo cual quiere decir, en román paladino, que tienen remordimientos y mala conciencia ante los crímenes cometidos, o que procuran no meterse en berenjenales que comprometan su integridad física o la de sus compañeros una vez constatada la inutilidad de tal proceder.
Me cuesta, aunque puedo entender, que las mujeres quieran participar en el ejército: la estupidez no es patrimonio masculino, y al fin y al cabo, ese sería, en tiempos de paz, un trabajo tan noble como cualquier otro. Sin embargo, me reconcilia un tanto con su espíritu el hecho de que sean menos capaces de ser insensibles a la violencia.
Quizá si su ejemplo cundiera, si escucháramos un poco más lo que muchas, al margen de nuestros instintos (para eso tenemos conciencia y oído) son capaces de decirnos, este mundo pudiera ser, poco a poco, un poco mejor... y quizá dentro de algún tiempo, no necesitáramos ejércitos para hacernos oír entre el estruendo de las bombas.